¿La inteligencia artificial es una amenaza
para el sector artístico?
Una conversación con Andrés Durán, abogado experto en propiedad intelectual e industrias creativas, sobre las transformaciones que la inteligencia artificial está generando en la industria audiovisual y otros sectores creativos.
¿Cómo está cambiando la inteligencia artificial (IA) la manera en que hacemos cine y producimos contenidos audiovisuales?, ¿puede convertirse en una aliada de los procesos creativos o terminar reemplazando algunas de las labores que hoy realizan quienes trabajan en el sector? Estas fueron algunas de las preguntas que atravesaron esta edición de El Camello del Arte, en la que conversamos con Andrés Durán sobre el impacto de la inteligencia artificial en las industrias creativas.
La inteligencia artificial ya hace parte de muchos de los procesos con los que se producen imágenes, videos, música, animaciones y voces. Herramientas que hace algunos años parecían reservadas para grandes productoras o equipos especializados hoy están al alcance de creadores independientes, estudiantes y pequeños proyectos. Esta transformación está modificando la manera en que se producen contenidos audiovisuales y, al mismo tiempo, está abriendo nuevas posibilidades para quienes buscan contar historias con recursos más limitados.
Esta herramienta puede facilitar procesos que antes requerían equipos numerosos, conocimientos técnicos específicos o presupuestos difíciles de asumir para algunos creadores. Es posible desarrollar ideas visuales, construir prototipos, explorar diferentes propuestas estéticas, generar storyboards o experimentar con imágenes y sonidos en mucho menos tiempo.
Pero que sea más fácil producir no significa necesariamente que sea más fácil crear. En una industria donde cada vez es posible generar una mayor cantidad de contenidos, el criterio detrás de lo que se produce adquiere todavía más importancia. La herramienta puede ayudar a materializar una idea, pero la intención, la investigación y las decisiones que le dan sentido a esa idea siguen dependiendo de quien está creando.
Esta transformación también está teniendo un impacto directo en las profesiones creativas. Algunas tareas que antes requerían la participación de ilustradores, modeladores, directores de arte, equipos de postproducción o personas dedicadas a procesos técnicos específicos pueden ahora apoyarse en herramientas de IA. Esto ha generado una preocupación legítima entre quienes trabajan en el sector.
Más que pensar únicamente en la desaparición de determinados oficios, la conversación permitió entender que también estamos frente a una transformación de las funciones que desempeñan los profesionales. Algunas tareas pueden automatizarse, pero eso no significa que desaparezca la necesidad de personas capaces de tomar decisiones, dirigir procesos, construir narrativas y evaluar los resultados.
En este nuevo escenario, saber utilizar una herramienta no es suficiente. También es necesario desarrollar criterio para reconocer cuándo un resultado funciona, cuándo necesita ser corregido y cuándo una propuesta generada automáticamente no responde realmente a las necesidades del proyecto. La capacidad de seleccionar, editar, interpretar y tomar decisiones puede convertirse en una parte cada vez más importante del trabajo creativo.
Esto plantea una reflexión interesante sobre el valor del trabajo creativo. Si una herramienta puede producir en segundos aquello que antes tomaba horas, ¿qué es lo que realmente estamos valorando cuando hablamos de creación? La respuesta no parece estar únicamente en el resultado final. También está en el proceso, en las decisiones que se toman y en la mirada de quien construye una obra.
A esta discusión se suma otro de los grandes debates alrededor de la inteligencia artificial: los derechos de autor. Actualmente, existen preguntas abiertas sobre las obras que se utilizan para entrenar estos sistemas y sobre la posibilidad de proteger legalmente contenidos creados parcial o totalmente con IA. También surgen dudas sobre qué sucede cuando una herramienta genera una imagen, una música o un video a partir de referencias que pertenecen a otras personas.
La discusión sobre la autoría no es solamente una cuestión legal. También implica preguntarnos por el reconocimiento del trabajo creativo que alimenta estas tecnologías. Si los sistemas aprenden a partir de grandes cantidades de imágenes, textos, sonidos y vídeos, resulta necesario pensar en las condiciones bajo las cuales ese material es utilizado y en el lugar que ocupan los creadores originales dentro de este nuevo ecosistema.
A esto se suma una preocupación que puede pasar desapercibida cuando utilizamos estas herramientas en nuestro día a día. Muchas plataformas procesan la información que reciben de sus usuarios para mejorar sus modelos, por lo que también es importante preguntarse qué estamos entregando cuando subimos una obra, una imagen, un texto o cualquier otro material. En el caso de los creadores, esto adquiere especial relevancia cuando se trata de trabajos inéditos o materiales sobre los que existen derechos de autor.
La conversación también permitió hablar sobre los límites éticos de estas tecnologías. Hoy podemos generar imágenes y videos con niveles de realismo cada vez mayores, modificar rostros y voces, recrear digitalmente a una persona o producir situaciones que nunca ocurrieron. Estas posibilidades pueden ser herramientas valiosas para la producción audiovisual, pero también pueden utilizarse para manipular información, generar contenidos engañosos o utilizar la imagen y la voz de alguien sin su autorización.
Por eso, hablar de inteligencia artificial en las industrias creativas también implica hablar de responsabilidad. No todo lo que una herramienta puede hacer significa que debamos hacerlo. La posibilidad técnica no siempre viene acompañada de una justificación ética, y esa diferencia hace que el criterio humano siga siendo fundamental.
También hay que tener en cuenta que la IA no siempre produce resultados correctos. Aunque algunas herramientas pueden generar imágenes, textos o videos con una apariencia sorprendentemente precisa, existen ocasiones en las que aparecen errores, inconsistencias o resultados que no corresponden con lo solicitado. Comprender que estas tecnologías no son infalibles es parte fundamental de aprender a utilizarlas.
En este sentido, la inteligencia artificial puede entenderse como una herramienta complementaria. Puede ayudarnos a explorar ideas, agilizar procesos técnicos y ampliar las posibilidades de producción, pero no reemplaza la sensibilidad, la experiencia ni la capacidad crítica de quienes crean.
Quizás por eso la pregunta que da título a esta reflexión no tiene una respuesta definitiva. La tecnología seguramente seguirá transformando las tareas, los tiempos y las herramientas con las que trabajamos, y algunos de los oficios que conocemos hoy también cambiarán. Pero ese proceso no necesariamente significa el final de la creatividad humana.

Redactado por Laura Castellanos
Editado por Camila Soriano